El conflicto más sangriento y con más víctimas desde la II Guerra Mundial lleva camino de hacerse crónico ante la indiferencia de la comunidad internacional. En la República Democrática del Congo han muerto desde 1998, entre 3.5 y 5 millones de personas, que han tenido la desgracia de nacer en una de las zonas del mundo con más recursos naturales, entre ellos el coltan, un metal estratégico para la fabuicación de teléfonos móviles. Esta guerra se está convirtiendo en una verdadera pesadilla, donde se violan los derechos humanos y donde no existe seguridad para la población civil.
Cerca de 65.000 refugiados tuvieron que escapar de sus asentamientos en Kibati huyendo de la violencia y miles de habitantes de Homa hicieron lo mismo por temor a asesinatos, violaciones o al secuestro de sus hijos para hacerlos combatientes.
Estos éxodos provocados por la violencia son la causa del aumento de la vulnerabilidad de la población ante muchas enfermedades y agrava las ya existentes. En Kibati, el campo de refugiados adonde han ido voviendo en los últimos días más de 50.000 personas, los refugiados viven en pésimas condiciones.
Dada la escasez de agua y letrinas, el riesgo de enfermedades como el cólera es muy alto.
Los combates cerca de los campos de refugiados también interrumpen la distribución de la ayuda alimentaria y el acceso a otros enseres por el pánico que causa en la población y el miedo a los movimientos dentro de los propios campos. Consecuentemente, los problemas de desnutrición se incrementan.
Además de la desastrosa situación sanitaria, está la utilización sistemática de la violencia sexual, especiamente las agresiones contra las mujeres y las niñas.
Según Naciones Unidas, los episodios de violencia sexual y sus consecuencias - enfermedades de transmisión sexual y SIDA- se cuentan por cientos de miles a lo largo del conflicto. Sólo en lo que va de año, se han contabilizado más de 3500 agresiones sexuales y se calcula que se producen más de 400 al mes sólo en Kivu Norte.
Los niños, además de ser el grupo más vulnerable a las enfermedades, son víctimas de la violencia y del secuestro y reclutamiento por distintos grupos armados.
Ante esta situación, ¿qué hace la comunidad internacional? ¿Cómo es posible que la República Democrática del Congo sea una prioridad de la agenda internacional pese a las persistentes violaciones de los derechos humanos?
Trás el primer acuerdo de paz, en 1999, se creó la Misión de las Naciones Unidas en Congo (MONUC) para imponer el alto al fuego y desarmar a las distintas facciones en lucha.
Actualmente 17000 cascos azules están presentes en la zona, pero ¿cómo con 17000 hombres, la MONUC no consigue paralizar la ofensiva de 7000 rebeldes?¿Quizás se debería presionar a Ruanda para que no prestara apoyo a esos rebeldes?
Hace meses se firmó el enésimo acuerdo de paz, pero como los anteriores no ha sido más que papel mojado, según reconoce la propia ONU, que durante estos últimos años, mediatizada por Estados Unidos y el Reino Unido, ha apoyado sin disimulo al general ruandés Paul Kagame en su objetivo de dominar los recursos naturales de este país.
China y Francia, por su parte, apoyan al presidente congoleño Joseph Kabila, por las mismas razones que Estados Unidos y Reino Unido sostienen a su rival: el control de las materias primas. Aquí está la clave del asunto y de esta vergonzosa guerra. Como siempre en estos casos, quien estorba aquí es la población civil.
La impotencia de una guerra
lunes, 17 de noviembre de 2008
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