La impotencia de una guerra

La impotencia de una guerra

domingo, 30 de noviembre de 2008

India y Pakistán

Los históricos rivales comienzan a darse cuenta de que tienen un enemigo común más poderoso que sus ejércitos.
Con los dos países armados con bombas atómicas, sus Gobiernos han decidido esta vez analizar con frialdad los hechos. Según Pakistán, lo sucedido en Bombay "es una copia" del ataque que en septiembre pasado destruyó el hotel Marriot de Islamabad y revela la larga mano de Al Qaeda en el subcontinente asiático.
Para India, los atentados de Bombay, dirigidos en gran medida contra extranjeros, y en concreto contra ciudadanos de EE UU, Israel y Reino Unido, representan una nueva y peligrosa deriva de la violencia sufrida hasta ahora. Nueva Delhi, embarcado en un rápido proceso de crecimiento económico que necesita de la inversión exterior para desarrollarse, no quiere convertirse en un escenario más del yihadismo de Al Qaeda.
Con 150 millones de musulmanes, lo que le convierte en el tercer país del mundo con mayor número de personas que profesan la fe de Mahoma, India es consciente de la desestabilización que le acarrearía la penetración del yihadismo. Los expertos lo consideran un peligro de consecuencias incalculables para un país con diversas guerrillas activas y en el que existen algunos grupos radicales islamistas, como el ilegal Movimiento de Estudiantes Islámicos.
Además, después de tres guerras y años de máxima tensión, la sensible mejoría de las relaciones entre India y Pakistán, que ha permitido en este último quinquenio la apertura de diversos pasos fronterizos, es bien acogida por la mayoría de la población de los dos países. El recelo, sin embargo, persiste y los dos gobiernos son conscientes de que es muy fácil destapar la espita del odio. "Pakistán, murdabak. India, zindabad" -"Abajo Pakistán. Viva India"-, gritaba ayer un grupo de manifestantes que recorría los lugares de los atentados de Bombay.
Pakistán, que atraviesa uno de los momentos más difíciles de su historia, en parte por la desestabilización que le impone la talibanización de su frontera occidental, se ha esforzado en dar garantías a India de que el Gobierno no tiene nada que ver en el ataque a su vecino, si bien en el último momento optó por no enviar a rendir cuentas a Nueva Delhi al jefe de los servicios secretos paquistaníes, el temido ISI, considerado un Estado dentro del Estado y al que India acusa siempre de estar detrás de quienes la atacan.
El único yihadista capturado vivo en Bombay, el paquistaní Ajmal Amir Kasab, declaró a la policía que entró en India por mar con los otros terroristas. Se embarcaron en un puerto paquistaní tras haber sido entrenados en un campo de Lashkar e Toiba, la organización que lucha por la "liberación" de la Cachemira india.
Esta región, convertida en la patata caliente de la descolonización del imperio británico indio, sigue enconando las relaciones entre India y Pakistán después de haber desencadenado dos guerras, la primera el mismo año de la independencia de ambos países (1947). Dividida en dos partes por una línea de alto el fuego que mantiene Naciones Unidas, millones de paquistaníes siguen mirando a la Cachemira india, poblada mayoritariamente por musulmanes, como la región robada y sometida a un gobierno de infieles.
En estos siete años en que EE UU ha dado al Ejército paquistaní ingentes cantidades de dinero y armamento moderno para combatir a Al Qaeda y a los talibanes, India no se ha cansado de repetir que Islamabad estaba desviando parte de la ayuda militar para estar preparado para otra eventual guerra por Cachemira.
Aunque Islamabad ya ilegalizó la organización Lashkar e Toiba tras el ataque al Parlamento indio en 2002, Pakistán reconoció ayer que lo sucedido en Bombay agrava la tensión entre los dos países. Su ministro de Exteriores, Sha Mehmod Qureshi, hizo un llamamiento a la calma y pidió, comprensión en "estos sensibles momentos".
El presidente paquistaní, Asif Alí Zardari, condenó sin paliativos los atentados. Zardari, viudo de Benazir Bhutto, la ex primera ministra muerta en un atentado en diciembre pasado, tendió a India la mano en estos días de dolor. Sin embargo, está claro que Nueva Delhi va a exigir ahora a Islamabad una acción contundente contra los yihadistas de Cachemira y en concreto contra Lashkar e Toiba. Para India, se ha acabado el tiempo de la lucha contra los talibanes mientras se apoya a grupos radicales cachemiros. Convertida también en aliada de EE UU, tras la firma este año del convenio nuclear, Nueva Delhi va a exigir tanto a EE UU como a Pakistán que se trate a todos los yihadistas por igual.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Los talibanes se niegan a dialogar

"Estamos seguros en Afganistán y no necesitamos la oferta de seguridad que nos ha hecho Karzai". De forma tajante, el número dos talibán, identificado como mulá hermano, rechazó ayer la mano tendida por el presidente afgano, Hamid Karzai, al mulá Omar el domingo.


Para sentarse a negociar, los talibanes no quieren protección sino la retirada de las cerca de 70.000 fuerzas de la OTAN. "Mientras los ocupantes extranjeros permanezcan en Afganistán, no estamos preparados para dialogar porque ellos tienen el poder y las negociaciones no darán resultados", declara el mulá hermano.

"Los problemas en Afganistán son culpa suya" sentenció.

Ala negativa del número dos talibán se sumó una amenaza contra París difundida a través de un vídeo en la cadena saudí Al Arabiya. En la grabación, los talibanes se atribuyeron la autoría del ataque que mató a diez militares franceses e hirió a 21 en agosto. La emboscada supuso el mayor número de bajas aliadas en un solo combate en Afganistán desde 2001.

"Hemos matado a 10 soldados como un mensaje a los franceses, para que rectifiquen sus errores y se retiren de Afganistán. Si no lo hacen, oirán nuestra respuesta en París", amenaza un dirigente identificado como mulá Farouq.
Por otro lado, cuatro personas murieron ayer en un nuevo atentado suicida, ocurrido en la provincia sureña de Kandahar, bajo dominio talibán.
La petición de retirada de tropas ha sido calificada como "inaceptable" por Karzai. Pero también lo era, hasta ahora, negociar con talibanes radicales como el fugitivo mulá Omar, considerado un estrecho aliado de Al Qaeda. Washington ofrece 10 millones de dólares por su cabeza.

La sorprendente oferta del presidente afgano ha suscitado múltiples interpretaciones. Algunos analistas señalan que la propuesta de un salvoconducto para el mulá Omar no buscaba una respuesta afirmativa del líder talibán, sino reforzar la voluntad de diálogo frente a otros talibanes más moderados. La mayoría considera que el anuncio forma parte de una estrategia política de cara a las próximas elecciones presidenciales, previstas para el otoño de 2009.
Karzai es consciente de que los aliados occidentales rechazan incluir al mulá Omar en las conversaciones de paz.

El respaldo a la insurgencia ha aumentado tanto en Afganistán como en las áreas fronterizas de Pakistán por el elevado número de víctimas civiles en los ataques de la coalicción aliada.

Mientras tanto, Occidente critica abiertamente desde hace meses al hombre que creían que iba a liderar la transición democrática en Afganistán. Su gobierno y las fuerzas de seguridad a sus órdenes están salpicadas por la corrupción, el país está sumido en una espiral de violencia que nadie consigue detener y la producción y tráfico de opio se han disparado hasta cifras superiores a las del régimen talibán.
Más de siete años después del inicio de la guerra en Afganistán, una solución militar está más lejos que nunca y ni siquiera el diálogo parece una posibilidad cercana.

lunes, 17 de noviembre de 2008

El Congo: un conflicto por las materias primas

El conflicto más sangriento y con más víctimas desde la II Guerra Mundial lleva camino de hacerse crónico ante la indiferencia de la comunidad internacional. En la República Democrática del Congo han muerto desde 1998, entre 3.5 y 5 millones de personas, que han tenido la desgracia de nacer en una de las zonas del mundo con más recursos naturales, entre ellos el coltan, un metal estratégico para la fabuicación de teléfonos móviles. Esta guerra se está convirtiendo en una verdadera pesadilla, donde se violan los derechos humanos y donde no existe seguridad para la población civil.
Cerca de 65.000 refugiados tuvieron que escapar de sus asentamientos en Kibati huyendo de la violencia y miles de habitantes de Homa hicieron lo mismo por temor a asesinatos, violaciones o al secuestro de sus hijos para hacerlos combatientes.
Estos éxodos provocados por la violencia son la causa del aumento de la vulnerabilidad de la población ante muchas enfermedades y agrava las ya existentes. En Kibati, el campo de refugiados adonde han ido voviendo en los últimos días más de 50.000 personas, los refugiados viven en pésimas condiciones.
Dada la escasez de agua y letrinas, el riesgo de enfermedades como el cólera es muy alto.
Los combates cerca de los campos de refugiados también interrumpen la distribución de la ayuda alimentaria y el acceso a otros enseres por el pánico que causa en la población y el miedo a los movimientos dentro de los propios campos. Consecuentemente, los problemas de desnutrición se incrementan.
Además de la desastrosa situación sanitaria, está la utilización sistemática de la violencia sexual, especiamente las agresiones contra las mujeres y las niñas.
Según Naciones Unidas, los episodios de violencia sexual y sus consecuencias - enfermedades de transmisión sexual y SIDA- se cuentan por cientos de miles a lo largo del conflicto. Sólo en lo que va de año, se han contabilizado más de 3500 agresiones sexuales y se calcula que se producen más de 400 al mes sólo en Kivu Norte.
Los niños, además de ser el grupo más vulnerable a las enfermedades, son víctimas de la violencia y del secuestro y reclutamiento por distintos grupos armados.
Ante esta situación, ¿qué hace la comunidad internacional? ¿Cómo es posible que la República Democrática del Congo sea una prioridad de la agenda internacional pese a las persistentes violaciones de los derechos humanos?
Trás el primer acuerdo de paz, en 1999, se creó la Misión de las Naciones Unidas en Congo (MONUC) para imponer el alto al fuego y desarmar a las distintas facciones en lucha.
Actualmente 17000 cascos azules están presentes en la zona, pero ¿cómo con 17000 hombres, la MONUC no consigue paralizar la ofensiva de 7000 rebeldes?¿Quizás se debería presionar a Ruanda para que no prestara apoyo a esos rebeldes?
Hace meses se firmó el enésimo acuerdo de paz, pero como los anteriores no ha sido más que papel mojado, según reconoce la propia ONU, que durante estos últimos años, mediatizada por Estados Unidos y el Reino Unido, ha apoyado sin disimulo al general ruandés Paul Kagame en su objetivo de dominar los recursos naturales de este país.
China y Francia, por su parte, apoyan al presidente congoleño Joseph Kabila, por las mismas razones que Estados Unidos y Reino Unido sostienen a su rival: el control de las materias primas. Aquí está la clave del asunto y de esta vergonzosa guerra. Como siempre en estos casos, quien estorba aquí es la población civil.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Las desilusiones de la intervención internacional

A tenor de lo acontecido hoy, la muerte de dos soldados españoles en Afganistán por un ataque suicida de un talibán, me hago una pregunta y os invito a que reflexioneis sobre ello: ¿es conveniente que se envien a países como Afganistán, Iraq, Somalia y un largo etcétera fuerzas internacionales? Y ya no sólo si es conveniente, ¿es producente?¿Qué intereses se esconden detrás de estas intervenciones en pro de la democracia? Este artículo de Bertrand Bradie reflexiona acerca de los efectos contraproducentes de las intervenciones internacionales en países conflictivos.



Hasta hace muy poco tiempo el principio de intervención parecía contar con un futuro prometedor: convertirse en un pilar básico de las nuevas relaciones internacionales. Desde este punto de vista, el fin de la Guerra Fría ha marcado su historia. Así en 1988 la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó una resolución sobre el deber de "asistencia humanitaria a las víctimas de desastres naturales y de situaciones de emergencia del mismo orden".
Este nuevo principio se colgó fácilmente medallas gracias a los numerosos desastres que se sucedieron. Por esto, en nombre de la asistencia humanitaria, el Consejo de Seguridad aprobó el empleo de la fuerza contra Iraq en el Kurdistán en 1991. También en su nombre, Estados Unidos obtuvo rápidamente el permiso para montar la operación Restore Hope en Somalia (...)
En julio de 1994 el Consejo apeló de nuevo a este principio, decidiendo por consenso que un golpe militar contra la democracia en Haití justificaba este tipo de acción.
Sin embargo el milenio acababa con la banalización de este principio: la intervención de la fuerza internacional Alba (el día después de la insurrección de 1997 en Albania) y el envío de fuerzas de Naciones Unidas en Timor (el día siguiente del referéndum de la independencia y de las masacres cometidas por el ejército indonesio en 1999).
Poco a poco el principio de intervención fue adquiriendo fuerza hasta el punto que fue considerado como indispensable y eficaz, hasta el punto incluso, que podían tomarse algunas libertades con respecto a la legalidad.
Las intervenciones norteamericanas de octubre de 2001 en Afganistán y de marzo de 2003 en Iraq, que apelaban al derecho de intervención y en ocasiones al principio de la responsabilidad de proteger, desvirtuaron profundamente ambos principios. Asimismo, estas acciones generalizaron la idea de que la decisión de intervenir podía ser unilateral y llevada a cabo por coalicciones circunstanciales sin un mandato de la ONU.

El año 2006 aceleró gravemente este proceso de decadencia, llegando incluso a bloquear durante mucho tiempo las iniciativas algo ingenuas que habían surgido tras el fin de la bipolaridad. En primer lugar,los fracasos del unilateralismo norteamericano adquirieron una amplitud y una visilibidad nuevas. El informe de la comisión Baker-Hamilton y la dimisión del secretario de Defensa Donald Rumsfeld pusieron de manifiesto los límites de la intervención unilateral en Iraq y especialmente , los efectos negativos de toda operación pensada exclusivamente en términos de fuerza. En ese mismo momento la intervención en Afganistán ya mostraba signos inquietantes de debilidad. Así, en el año 2006 se produjo el resurgimiento político militar de los talibanes a los que se creía derrotados para siempre.
El fracaso paralelo de la intervención francesa en Costa Marfil corrobora esta idea.